ENTREGA DEL PREMIO I CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL”
El sábado, día 18 de febrero de 2012, tuvo lugar la entrega del Premio del I Concurso de “Cuentos de Carnaval” convocado por la Asociación Cultural Provincial “La Colodra”.
El ganador del Premio “La Colodra” de dicho certamen literario, una vez abierta la correspondiente plica, resultó ser José Ignacio Señán Cano, con domicilio en Madrid, quien recogió personalmente el diploma, diseñado por el pintor Rafael Sánchez Muñoz, y los 300 euros a los que asciende la dotación económica del citado galardón, que le fue concedido por su original titulado “Un disfraz cualquiera”, cuyo texto fue leído por su autor.
Previamente a la entrega, dio lectura al acta del fallo Ana Isabel Martín Moreno, miembro del jurado, juntamente con José María Aránguez Otero y Ángel Esteban Calle. Se destaca el éxito de esta primera edición del mencionado concurso tanto por la cantidad como por la calidad de los trabajos presentados . Se recibieron originales de numerosos países europeos e hispanoamericanos.
El acto de entrega del referido galardón tuvo lugar en el Salón de Actos municipal “Los Toriles”, en el transcurso de un baile de disfraces convocado a tal efecto.
TEXTO ORIGINAL DE JOSÉ IGNACIO SEÑÁN CANO, PREMIADO EN EL I CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL” ORGANIZADO POR LA ASOCIACIÓN CULTURAL PROVINCIAL “LA COLODRA”
UN DISFRAZ CUALQUIERA
Se me hacía raro ir vestido de aquella manera, pero qué podía hacer. Una fiesta de carnaval es exactamente eso: una fiesta de carnaval, y se supone que había que ir disfrazado.
Caminaba despacio por la Cuesta de la Ermita, camino de la sala en la que se celebraba la fiesta, bastante molesto por la poca movilidad que tenía al llevar aquel disfraz tan ridículo. ¿Por qué me había dejado convencer para disfrazarme de aquella manera? ¿A quién se le ocurre plantarse un sofá encima de la cabeza, aunque fuera de tamaño pequeño, y envolverse todo el cuerpo de gomaespuma embadurnada de pelos de color gris? “Vas a dar el golpe”, me dijeron. “El disfraz de pelusa debajo de los muebles no se ha visto nunca”, se reían. Y allí estaba yo, intentando subir aquella cuesta, forrado de gomaespuma hasta los tobillos y con un sofá de cartón piedra pegado al gorro de natación de color negro, que me cubría la cabeza.
Por la izquierda me adelantó uno que iba vestido de Maradona. -Qué vulgaridad- pensé. Cualquiera puede ponerse una peluca rizada, coger un balón y vestirse de futbolista.
La cuesta se me estaba haciendo cada vez más empinada, sobre todo cuando me pasaron por la derecha un par de enfermeras sexys, con fonendoscopio incluido, que iban enseñando todo y un poco más. Claro que con aquella escasez de ropa, cualquiera podría subir a buen ritmo.
De pronto, divisé delante de mí una enorme langosta de color naranja que subía con dificultad. Tengo que decir que aquella visión me produjo una inyección de adrenalina que me impulsó a acelerar mis pasos. El futbolista y las dos enfermeras habían desaparecido de mi vista, como era natural, y alcanzar aquella langosta se convirtió desde ese momento en mi primer y único objetivo. Comencé a acelerar torpemente mis pasos y comprobé que poco a poco le estaba recortando distancia al crustáceo. Sin duda, tenía mayores dificultades que yo para caminar. No en vano llevaba todo el cuerpo forrado de gomaespuma naranja, pero es que además se había colocado una cola de gran tamaño, imposible de manejar si no se pertenece al género de los crustáceos. Además su cabeza, que era tan grande como la mitad de su cuerpo, incorporaba unas antenas de plástico enormes.
Por fin alcancé al pedazo de langosta familiar, y poniéndome a su altura, dije:
– ¿Cuesta, eh? Cómo se nota que está empinada. Y además con estos disfraces no hay quien ande.
No hubo respuesta alguna. La langosta seguía su camino, cabeceando y moviendo los brazos acompasadamente, con un ritmo cansino, propio de quien está sufriendo. Sólo se oía su respiración entrecortada y algún que otro jadeo seguido de un leve silbido de ahogo que, la verdad, me hizo preocuparme por la salud de aquel individuo.
Continuamos caminando, y aunque con el ritmo que había cogido me hubiera sido fácil dejar atrás a la langosta, me salió la vena solidaria y decidí que termináramos juntos el camino, supongo que preocupado por si en algún momento tuviera que atender a una langosta infartada, dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos.
Al final de la Cuesta de la Ermita se divisaba la sala en la que se celebraba el carnaval. La entrada, iluminada como una feria de carricoches con luces de neón parpadeantes y farolillos de colores, era un hervidero de gente disfrazada de todo, que iba y venía como si tal cosa. El ambiente animaba a participar de la fiesta, con la música a todo meter, las copas volando de mano en mano y las risas al descubrir un nuevo disfraz nunca visto.
– Venga hombre, que ya no queda nada, -dije a la langosta, dándole un par de palmaditas en la espalda. La mano se me hundió en la gomaespuma. Sorprendido, repetí la acción y de nuevo hundí mi mano en la gomaespuma sin encontrar debajo ninguna estructura dura o rígida.
-Eh, oiga -grité, cogiéndole de uno de los brazos. Tampoco encontré resistencia en el interior del brazo. Apreté la gomaespuma con mi mano, aplastándola, y no encontré nada dentro. Completamente aturdido, aceleré un poco el paso para ponerme delante del crustáceo, a fin de comprobar qué era lo que estaba pasando. Con gran dificultad, no sólo debido al disfraz, sino también a los trescientos metros de subida que llevábamos a cuestas, conseguí ponerme delante de la langosta, que seguía caminando a su ritmo y resoplando como si se le fuera la vida en cada uno de los jadeos. Me planté delante de aquel bicho y poniendo mi mano en su hombro le hice detener su camino. Al mirarlo a la cara comprobé que no había nada. Solo un hueco oscuro, con dos ojos negros de cartón piedra a los lados y una boca sonriente dibujada en la gomaespuma naranja. Sobre el pecho un cartel:
“DISFRAZ DE CAPARAZÓN DE LANGOSTA”
Un poco aturdido, me giré y continuamos caminando despacio hacia la fiesta. -Espero que Maradona y las enfermeras no hayan acabado con todo el alcohol- susurré en voz baja, apartando de mi cara una de las enormes antenas de plástico del caparazón de langosta.

