PREMIO 2015
IV CONCURSO DE CUENTOS DE CARNAVAL DE “LA COLODRA”
El 14 de febrero de 2015 tuvo lugar, en Casla, la entrega del premio del “IV CONCURSO DE CUENTOS DE CARNAVAL” convocado por la A.C.P. “La Colodra”, en un acto celebrado en el local de dicha asociación. En esta ocasión el ganador, entre un nutrido grupo de concursantes, fue D. José Agustín Blanco Redondo, con el cuento titulado: “Las arenas del desierto”.
LAS ARENAS DEL DESIERTO
Nunca he sabido cómo acercarme a ella, cómo conseguir que se fijara en mí. Jamás logré hilar tres palabras seguidas cuando aparecía, de repente, bella, muy bella, el rostro altivo, los labios rozados por una sonrisa levísima, las manos delicadas, su caminar frágil. Nunca he sabido qué maldita cosa decir cuando ella se encontraba a mi lado, siempre por casualidad, en la cola de la tienda de ultramarinos, en la romería de la patrona, frente al mostrador de la carnicería de Teodosio. Y aunque ya estaba acostumbrado a esas apreturas en la garganta, a esa fricción de manos ociosas, al temblor de calcañares, a ese deslizar la mirada por los adoquines de la calle, sí, acostumbrado a todos los síntomas que me acosaban cuando ella tenía a bien dejarse acariciar de súbito por mis pupilas, me consideraba un cobarde, un inútil, un pusilánime sin nada mejor que hacer que agachar la cabeza y arrastrarme hasta el cubil de donde jamás debería haber salido.
Mi hermana Sagrario parecía entretenerse arañando las esquirlas de mi alma. Creo que disfrutaba cada vez que yo regresaba a casa acompañado sólo por la soledad, que si me iba a quedar para vestir santos, que si no era más que un mozo viejo al que no querían ni las ratas. Mi cuñado me hablaba apenas con gruñidos rancios y mi madre, mi anciana madre, aún me arropaba por las noches mientras tarareaba una habanera gestada a buen seguro tras la derrota de los españoles en la guerra de Cuba. Hasta que aquella tarde, tras rebuscar entre las últimas hebras del valor, me decidí a intentarlo. A ocupar un lugar en el mundo, aunque mi mundo estuviera recluido en aquel pueblo, cuarenta, quizá cuarenta y cinco casas de piedra arrojadas en la umbría de la sierra.
No tenía nada que perder, así que me propuse asistir al baile de disfraces. Hoy era sábado de Carnaval y sabía que ella estaría allí, vestida, como siempre, con aquel flamante disfraz de princesa árabe, el mismo vestido reutilizado los tres últimos años, con discretas variaciones en el color de la seda, en la fluidez de la falda, en las monedas y lentejuelas adheridas al cinturón, en la transparencia de los pañuelos anudados a la cadera, en el color del maquillaje que cercaban unos ojos que emergían como tallas de obsidiana sobre el velo de satén.
No tenía nada que perder, así que me agencié un disfraz de beduino, de morador de las arenas del desierto, algo sencillo, la chilaba negra bajo una chaqueta abierta y sujeta con un cinturón de cuero, una daga de plástico, el turbante, el pantalón ceñido a los tobillos, los calcetines blancos y unas sandalias de piel de cabra. Al final decidí quitarme los calcetines y dejar mis dedos libres bajo las tiras de cuero, me costaba imaginar a un pastor nómada arreando a una condenada piara de cabras con ellos puestos.
No tenía nada que perder, así que respiré hondo, cerré los párpados y entré en el local donde se celebraba la fiesta para perderme definitivamente por entre el fragor de las luces, de la música, del baile de disfraces del sábado de Carnaval.
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La princesa árabe reina al fondo del local, asistida por una corte de piratas, vampiros, arlequines y una tortuga con melena rubia y caparazón descolgado. El vestido no parece el mismo porque le hace parecer algo más gorda en la zona de las caderas, pero no me importa. Me acerco despacio, dando un rodeo, como si estuviera buscando la manera de traspasar aquel babeante cerco de lacayos. Me gustaría que estuviera sola, que no hubiera testigos del lance con el que pretendo inaugurar mi travesía amatoria. Accedo a ella por su flanco más vulnerable, por el hueco que deja el caparazón de la tortuga y un pirata desaliñado. Me ofrece su mano y la recojo como quien toma una mariposa por el extremo de las alas, todo delicadeza, todo fascinación. Sus cortesanos forman un círculo a nuestro alrededor, y nos jalean mientras bailamos, y yo cierro los párpados dejándome llevar, y la música nos alienta, y las luces nos persiguen, y ese instante mágico, prohibido, tan deseado que aún no creo que pueda ser real, gravita sobre nosotros, sí, mi mano en su cintura, su pecho junto al mío, su rostro muy cerca de mis mejillas, tan cerca que puedo escuchar el latir de la sangre en sus labios, que puedo escuchar su voz, una voz que imaginé inédita, diáfana, deshecha en astillas de escarcha, en añicos de cristal, pero que surge como un estrépito de aceros aguzados, como un estrépito herrumbroso que ya jamás podré olvidar. Que ya jamás podré olvidar.
Hermanito, que te vas a quedar para vestir santos, mira que te lo digo todos los días…
Y mientras la tortuga de caparazón descolgado me da palmadas en el hombro y me habla con gruñidos rancios, veo cómo por la puerta del local entra otra princesa árabe, el rostro altivo, los labios rozados por una sonrisa levísima, las manos delicadas, su caminar frágil. Los ojos que emergen como tallas de obsidiana sobre el transparente velo de satén. Y ese cortejo de servidumbres que me emborrasca el alma se me aprieta en la garganta, y retuerce mis manos ociosas, y hace rielar mis calcañares, y me desliza la mirada por las baldosas de gres de aquel local convertido súbitamente en cementerio de esos pastores nómadas que arrean sus condenadas piaras de cabras por las arenas del desierto. Tengo que marcharme. Agacho la cabeza mientras me arrastro hasta el cubil de donde jamás debería haber salido. Esta noche, quizá, mi madre, mi anciana madre, quiera tararearme una habanera de esas que se gestaron tras la derrota de los españoles en la guerra de Cuba.
