CONCURSO DE CUENTOS DE CARNAVAL "LA COLODRA"


En el año 2011, y con motivo de la celebración de su XXV aniversario, “La Colodra” toma la decisión de crear un nuevo concurso literario, con el ánimo de que perdurara en el tiempo.


Se instaura así el “Concurso de Cuentos de Carnaval La Colodra”, dotado con un único premio de 300 euros y diploma. Este concurso se viene convocando en el mes de diciembre y el acto de entrega se hace coincidir con el sábado de carnaval.

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APARICIONES EN PRENSA

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PREMIO 2015

IV CONCURSO DE CUENTOS DE CARNAVAL DE “LA COLODRA”

El 14 de febrero de 2015 tuvo lugar, en Casla, la entrega del premio del “IV CONCURSO DE CUENTOS DE CARNAVAL” convocado por la A.C.P. “La Colodra”, en un acto celebrado en el local de dicha asociación. En esta ocasión el ganador, entre un nutrido grupo de concursantes, fue D. José Agustín Blanco Redondo, con el cuento titulado: “Las arenas del desierto”.

 

LAS ARENAS DEL DESIERTO

Nunca he sabido cómo acercarme a ella, cómo conseguir que se fijara en mí. Jamás logré hilar tres palabras seguidas cuando aparecía, de repente, bella, muy bella, el rostro altivo, los labios rozados por una sonrisa levísima, las manos delicadas, su caminar frágil. Nunca he sabido qué maldita cosa decir cuando ella se encontraba a mi lado, siempre por casualidad, en la cola de la tienda de ultramarinos, en la romería de la patrona, frente al mostrador de la carnicería de Teodosio. Y aunque ya estaba acostumbrado a esas apreturas en la garganta, a esa fricción de manos ociosas, al temblor de calcañares, a ese deslizar la mirada por los adoquines de la calle, sí, acostumbrado a todos los síntomas que me acosaban cuando ella tenía a bien dejarse acariciar de súbito por mis pupilas, me consideraba un cobarde, un inútil, un pusilánime sin nada mejor que hacer que agachar la cabeza y arrastrarme hasta el cubil de donde jamás debería haber salido.
Mi hermana Sagrario parecía entretenerse arañando las esquirlas de mi alma. Creo que disfrutaba cada vez que yo regresaba a casa acompañado sólo por la soledad, que si me iba a quedar para vestir santos, que si no era más que un mozo viejo al que no querían ni las ratas. Mi cuñado me hablaba apenas con gruñidos rancios y mi madre, mi anciana madre, aún me arropaba por las noches mientras tarareaba una habanera gestada a buen seguro tras la derrota de los españoles en la guerra de Cuba. Hasta que aquella tarde, tras rebuscar entre las últimas hebras del valor, me decidí a intentarlo. A ocupar un lugar en el mundo, aunque mi mundo estuviera recluido en aquel pueblo, cuarenta, quizá cuarenta y cinco casas de piedra arrojadas en la umbría de la sierra.
No tenía nada que perder, así que me propuse asistir al baile de disfraces. Hoy era sábado de Carnaval y sabía que ella estaría allí, vestida, como siempre, con aquel flamante disfraz de princesa árabe, el mismo vestido reutilizado los tres últimos años, con discretas variaciones en el color de la seda, en la fluidez de la falda, en las monedas y lentejuelas adheridas al cinturón, en la transparencia de los pañuelos anudados a la cadera, en el color del maquillaje que cercaban unos ojos que emergían como tallas de obsidiana sobre el velo de satén.
No tenía nada que perder, así que me agencié un disfraz de beduino, de morador de las arenas del desierto, algo sencillo, la chilaba negra bajo una chaqueta abierta y sujeta con un cinturón de cuero, una daga de plástico, el turbante, el pantalón ceñido a los tobillos, los calcetines blancos y unas sandalias de piel de cabra. Al final decidí quitarme los calcetines y dejar mis dedos libres bajo las tiras de cuero, me costaba imaginar a un pastor nómada arreando a una condenada piara de cabras con ellos puestos.
No tenía nada que perder, así que respiré hondo, cerré los párpados y entré en el local donde se celebraba la fiesta para perderme definitivamente por entre el fragor de las luces, de la música, del baile de disfraces del sábado de Carnaval.
…………………………………
La princesa árabe reina al fondo del local, asistida por una corte de piratas, vampiros, arlequines y una tortuga con melena rubia y caparazón descolgado. El vestido no parece el mismo porque le hace parecer algo más gorda en la zona de las caderas, pero no me importa. Me acerco despacio, dando un rodeo, como si estuviera buscando la manera de traspasar aquel babeante cerco de lacayos. Me gustaría que estuviera sola, que no hubiera testigos del lance con el que pretendo inaugurar mi travesía amatoria. Accedo a ella por su flanco más vulnerable, por el hueco que deja el caparazón de la tortuga y un pirata desaliñado. Me ofrece su mano y la recojo como quien toma una mariposa por el extremo de las alas, todo delicadeza, todo fascinación. Sus cortesanos forman un círculo a nuestro alrededor, y nos jalean mientras bailamos, y yo cierro los párpados dejándome llevar, y la música nos alienta, y las luces nos persiguen, y ese instante mágico, prohibido, tan deseado que aún no creo que pueda ser real, gravita sobre nosotros, sí, mi mano en su cintura, su pecho junto al mío, su rostro muy cerca de mis mejillas, tan cerca que puedo escuchar el latir de la sangre en sus labios, que puedo escuchar su voz, una voz que imaginé inédita, diáfana, deshecha en astillas de escarcha, en añicos de cristal, pero que surge como un estrépito de aceros aguzados, como un estrépito herrumbroso que ya jamás podré olvidar. Que ya jamás podré olvidar.
Hermanito, que te vas a quedar para vestir santos, mira que te lo digo todos los días…
Y mientras la tortuga de caparazón descolgado me da palmadas en el hombro y me habla con gruñidos rancios, veo cómo por la puerta del local entra otra princesa árabe, el rostro altivo, los labios rozados por una sonrisa levísima, las manos delicadas, su caminar frágil. Los ojos que emergen como tallas de obsidiana sobre el transparente velo de satén. Y ese cortejo de servidumbres que me emborrasca el alma se me aprieta en la garganta, y retuerce mis manos ociosas, y hace rielar mis calcañares, y me desliza la mirada por las baldosas de gres de aquel local convertido súbitamente en cementerio de esos pastores nómadas que arrean sus condenadas piaras de cabras por las arenas del desierto. Tengo que marcharme. Agacho la cabeza mientras me arrastro hasta el cubil de donde jamás debería haber salido. Esta noche, quizá, mi madre, mi anciana madre, quiera tararearme una habanera de esas que se gestaron tras la derrota de los españoles en la guerra de Cuba.

 

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PREMIO 2014

ENTREGA DEL PREMIO DEL III CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL” ORGANIZADO POR “LA COLODRA”


El sábado, día 1 de marzo se llevó a efecto la entrega del Premio del III Concurso de “Cuentos de Carnaval” convocado por la Asociación Cultural Provincial “La Colodra”.


En esta tercera edición de dicho certamen literario, el ganador, entre un alto número de participantes de muy diversa procedencia, ha sido Raúl Clavero Blázquez, con domicilio en Madrid, por su original titulado “Superhéroe”, presentado bajo el seudónimo “Farfala Vendetta”. Al no haber podido el autor acudir al acto, envió una Nota de Agradecimiento en la que, tras disculparse por su ausencia, decía entre otras cosas:
“Quiero agradecer enormemente que me hayáis considerado merecedor de inscribir mi nombre en el palmarés de vuestro certamen junto a los de Yose Álvarez Mesa y José Ignacio Señán Cano, ganadores de las ediciones anteriores del concurso, y autores a los que admiro y respeto”.
El diploma acreditativo del citado galardón, dotado con 300 euros, ha sido diseñado por el pintor Rafael Sánchez Muñoz. El jurado estaba formado por Ana Isabel Martín Moreno, José María Aránguez y Ángel Esteban Calle.
Por su parte, Ana Isabel Martín Moreno leyó el cuento premiado, que fue acogido con calurosos aplausos por todos los asistentes al acto.

Superhéroe

Papá ha pasado toda la mañana tropezando hasta con su propia sombra. Me hace gracia verlo así de nervioso. Está como un flan, y eso que lleva ya varios años participando en la final de Agrupaciones. Quizá sea porque esta es la primera ocasión que yo voy a verlo en directo. Esta vez no he tenido fuerzas para negarme.
Después de media hora cambiándose de ropa en el baño, y cuando estoy a punto de empezar a preocuparme seriamente, papá, por fin, abre la puerta.
-¡Mira, chaval!- dice.
Ante mi, mi padre, o algo parecido a mi padre, con un traje de superhéroe, descolorido y apolillado. Es el mismo disfraz que papá se ponía en cada Carnaval cuando yo era pequeño. Tengo que pellizcarme para terminar de creerlo, y se me despejan de golpe todas las dudas: debería haberme quedado en mi casa.
-Papá, ¿en serio vas a ir con eso por la calle?
-Claro. Es Carnaval. Y pensé que te haría ilusión. Además, ¿sabes cuánto hace que no me ponía ”mi uniforme”? No. No lo sé. Pero si que sé cuando fue la primera vez que lo vistió. Jamás podré olvidarlo. Yo tenía cinco años y estaba viendo “La patrulla X” en la tele. Era un día como otro cualquiera hasta que llegó él, deslumbrante, con treinta kilos menos, mirada fiera y melena, hoy ya ausente, engominada. Entró al salón como un explorador que conquista una tierra desconocida. Su traje de personaje de cómic estaba nuevo, impecable. Yo lo miré casi sin reconocerlo. Él me guiñó un ojo, me tomó por los hombros y me llevó hasta una esquina del cuarto.
-Tengo que confesarte algo- susurró-. Pero es muy importante, y no debes contárselo a nadie, ¿entiendes? Verás hijo, yo… soy un superhéroe. Lo que pasa es que sólo en Carnaval puedo ponerme mi traje, si no, la gente se daría cuenta de mi verdadera identidad, y eso es algo que sólo podemos saber tu y yo, ¿comprendes?
Creo que durante unos minutos fui incapaz de hablar, de respirar, de pestañear, de moverme siquiera. Desde aquel momento cambió mi orden de prioridades. Mi padre pasó a ser el centro de mi mundo. Todo lo que él hacía estaba bien, todo lo que decía era lo correcto porque, ¿cómo iba a equivocarse un superhéroe?
Durante un tiempo el Carnaval se convirtió para mi en lo que para otros niños era la Navidad. Lo esperaba casi con angustia, con un sentimiento de anhelo que después no he vuelto a experimentar por nada. Los días previos no podía dormir y cuando mi padre, por fin, sacaba su capa del armario yo volvía a creerme el único guardián del mayor misterio del universo. Pero la fantasía, claro, no tardó demasiado en desaparecer.
Fue años después, cuando conocí a Tinín. Tinín había llegado deotro barrio y ya llevaba varios meses atemorizando a todo el colegio cuando una mañana, en un recreo, me acorraló contra una portería y me quitó mi bocadillo y unas cuantas monedas. Yo no pude aguantar más mi secreto, tenía ganas de gritarlo, y se lo dije.
-¡Mi padre es un superhéroe! Y cuando se entere de lo que has hecho, ya verás, te aplastará como a una mosca.
-Qué tu padre ¿¡qué!? Pero, ¿qué dices, tarao? Los superhéroes son de mentira. Un superhéroe, dice. Pues, a ver, ¿qué hace? ¿Vuela? ¿Se hace invisible? ¿Qué?
Forcejeé con él un buen rato y me llevé unos cuantos puñetazos. Pero, más que las heridas, dolió laduda que se me clavó entre ceja y ceja ¿Y si Tinín estaba en lo cierto?
Aquel Carnaval fue distinto. Ya no iba de la mano de papá. Lo seguía a unos pasos, a una distancia lo bastante amplia como para observar con algo de perspectiva todo lo que hacía. Y papá no hacía nada. Nada de nada. Y aunque yo no quería creerlo, en el fondo sabía que Tinín tenía razón. Pero debía confirmarlo, así que en la mañana en la que mi padre iba a debutar como miembro de una comparsa, se lo pregunté, se lo pregunté.
-Papá, ¿de verdad eres un superhéroe?
Lo supe de inmediato, por su expresión. La expresión de un chiquillo que es cazado en mitad de una travesura. Y sentí de pronto que mi vida se partía por la mitad. Me marché a mi cuarto y lloré durante horas.
A partir de ese instante, odié el Carnaval con la misma intensidad con la que antes lo había amado. Desde entonces, poco a poco, papá y yo nos fuimos alejando. Él comenzó a perder lentamente el ímpetu de su juventud. Yo, en cuanto tuve la edad, el coraje y el dinero necesario, me marché de Huelva. El tiempo hizo el resto. Y, a pesar de que entre nosotros terminó por establecerse una relación cordial, el tema del superhéroe nunca volvió a ser mencionado. Hasta hoy. Porque hoy vuelvo a caminar junto al superhéroe. Hoy entro con él en el Gran Teatro. Hoy lo veo reunirse con Batman y Spiderman y el Capitán América.. Lo veo subirse a un escenario con la misma naturalidad de quien pisa su propio hogar. Hoy él canta agazapado, para mi alivio, en una segunda fila que disimula lo precario de su traje. Y hoy comienzo a recuperar parte de la admiración que antes sentí por él. Hasta que en el último turno papá se adelanta y, casi desde el borde de las tablas, pide silencio.
-Quiero agradecerle a mi hijo, aquí presente, que haya venido a verme. Hijo, sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero has de saber que siempre he hecho todo lo posible por hacerte feliz.
Yo no sé dónde meterme, quisiera desaparecer, pero de repente, papá se arranca en solitario con un pasodoble. Y sucede. Puedo verlo. Puedo ver lágrimas en los espectadores, y sus pieles erizadas, y sus latidos desbocados. Y puedo ver destellos de luz en la voz de papá. Y juraría que veo cómo el público flota, cómo se separa del suelo y se evapora. Y puedo vera a papá entregado y dominante. Puedo ver a papá. Puedo ver su superpoder.
Papá termina. Después un silencio sobrecogido. Finalmente una ovación. Mi padre se inclina ante los aplausos, me mira, y yo, que me siento incapaz de hablar, de respirar, de pestañear, de moverme siquiera, le devuelvo la mirada y pienso que, después de todo, Tinín estaba equivocado: papá si que es un superhéroe.

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PREMIO 2013

ENTREGA DEL PREMIO DEL II CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL” ORGANIZADO POR “LA COLODRA”

El sábado, día 9 de febrero, se realizó la entrega del Premio del II Concurso de “Cuentos de Carnaval” convocado por la Asociación Cultural Provincial “La Colodra”.
En esta segunda edición de dicho certamen literario, la ganadora fue Yose Álvarez-Mesa, con domicilio en Arnao (Asturias), por su original titulado “El disfraz” y presentado con el lema “Helter Skelter”. Al no haber podido la autora acudir al acto, recibió en su nombre el diploma acreditativo del citado galardón, diseñado por el pintor Rafael Sánchez Muñoz, y leyó el texto premiado Ana Isabel Martín Moreno, miembro del jurado juntamente con José María Aránguez Otero y Ángel Esteban Calle.
Antes de producirse la entrega, José María Aránguez dio lectura al acta del fallo y a una comunicación en la cual Yose Álvarez-Mesa expresaba su agradecimiento a “La Colodra”.
En esta edición se incrementó significativamente el número de participantes, manteniéndose la calidad de los trabajos recibidos, como en la edición anterior, desde la práctica totalidad de las comunidades españolas y otros países, tanto europeos como hispanoamericanos.
El acto de entrega del referido galardón tuvo lugar en el Salón de Actos municipal “Los Toriles”, al comienzo de un baile de disfraces organizado por “La Colodra” con este fin.

CUENTO PREMIADO: EL DISFRAZ

Puso un anuncio en la prensa local: “Se busca disfraz de Mujer Feliz perdido ayer martes a las diez de la noche en la confluencia de las calles Cuaresma y Don Carnal. Atiende al nombre de Amanda y en el momento de su desaparición iba en compañía de un hombre alto y fuerte, moreno, vestido con traje gris. Se me extravió por descuido y necesito recuperarlo cuanto antes, es cuestión de vida o muerte. Se recompensará”
Se sentó a esperar que algún buen samaritano lo encontrase y se lo devolviera. Cómo pudo escaparse, si lo llevaba bien sujeto al cuerpo. Cómo pudo traicionarla, sabiendo lo que necesitaba de aquel antifaz sonriente para salir a la calle, que sin él estaba como desnuda, expuesta a las miradas ajenas, al juicio general. Cómo pudo…
¿Es posible que inconscientemente ella misma lo dejase ir? Tal vez se sentía cansada de fingir y necesitaba plantar cara al mundo sin la ayuda de aquella sonrisa de ficción. Tal vez la situación estaba cambiando y sus nuevas expectativas dejaban obsoleta aquella máscara. Tal vez en su interior había un algo más que vegetar y la vida la estaba poniendo en situación de rebelarse.
Había buscado el disfraz por todas partes sin resultado, aunque no por ello desesperó. Es cuestión de paciencia, no puede haberse esfumado en el aire… Tal vez el mismo decida regresar…
Pero no regresó a tiempo. El hombre del traje gris que le había robado las ilusiones llegó en ese momento con un regalo, su mejor gesto de afecto y un “perdóname” en la boca que por repetitivo ya no causaba efecto alguno. No traía consigo nada que ella quisiera aceptar ya. Le hizo muchas promesas, pero ya no pudo creerlas. Mientras lo miraba con ojos distintos, el otro antifaz, el que la había mantenido ciega durante años, se deslizó por su silueta hasta desvanecerse en un charco a los pies de él. No más puñetazos de amor, vida mía. Se había acostumbrado a perdonar por miedo a perderle, pero ahora se daba cuenta de que estaba mejor sin él, que ya no necesitaba fingir una felicidad inexistente, que lo que quería era ser feliz de verdad y no solo por encima de la careta.
Justo cuando cerró la puerta y él se fue para siempre, se miró en el espejo y vio una sonrisa en su cara sin máscara. Y supo que ya era capaz de transitar por la vida sin subterfugios, sin miedo, sin nadie que decidiera por ella y le indicara constantemente el camino a seguir. Supo que era la dueña de su propio destino.
Entonces se pintó los labios y salió a la calle a celebrar el Carnaval.

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PREMIO 2012

ENTREGA DEL PREMIO I CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL”

El sábado, día 18 de febrero de 2012, tuvo lugar la entrega del Premio del I Concurso de “Cuentos de Carnaval” convocado por la Asociación Cultural Provincial “La Colodra”.

El ganador del Premio “La Colodra” de dicho certamen literario, una vez abierta la correspondiente plica, resultó ser José Ignacio Señán Cano, con domicilio en Madrid, quien recogió personalmente el diploma, diseñado por el pintor Rafael Sánchez Muñoz, y los 300 euros a los que asciende la dotación económica del citado galardón, que le fue concedido por su original titulado “Un disfraz cualquiera”, cuyo texto fue leído por su autor.

Previamente a la entrega, dio lectura al acta del fallo Ana Isabel Martín Moreno, miembro del jurado, juntamente con José María Aránguez Otero y Ángel Esteban Calle. Se destaca el éxito de esta primera edición del mencionado concurso tanto por la cantidad como por la calidad de los trabajos presentados . Se recibieron originales de numerosos países europeos e hispanoamericanos.

El acto de entrega del referido galardón tuvo lugar en el Salón de Actos municipal “Los Toriles”, en el transcurso de un baile de disfraces convocado a tal efecto.

TEXTO ORIGINAL DE JOSÉ IGNACIO SEÑÁN CANO, PREMIADO EN EL I CONCURSO DE “CUENTOS DE CARNAVAL” ORGANIZADO POR LA ASOCIACIÓN CULTURAL PROVINCIAL “LA COLODRA”

UN DISFRAZ CUALQUIERA

Se me hacía raro ir vestido de aquella manera, pero qué podía hacer. Una fiesta de carnaval es exactamente eso: una fiesta de carnaval, y se supone que había que ir disfrazado.
Caminaba despacio por la Cuesta de la Ermita, camino de la sala en la que se celebraba la fiesta, bastante molesto por la poca movilidad que tenía al llevar aquel disfraz tan ridículo. ¿Por qué me había dejado convencer para disfrazarme de aquella manera? ¿A quién se le ocurre plantarse un sofá encima de la cabeza, aunque fuera de tamaño pequeño, y envolverse todo el cuerpo de gomaespuma embadurnada de pelos de color gris? “Vas a dar el golpe”, me dijeron. “El disfraz de pelusa debajo de los muebles no se ha visto nunca”, se reían. Y allí estaba yo, intentando subir aquella cuesta, forrado de gomaespuma hasta los tobillos y con un sofá de cartón piedra pegado al gorro de natación de color negro, que me cubría la cabeza.
Por la izquierda me adelantó uno que iba vestido de Maradona. -Qué vulgaridad- pensé. Cualquiera puede ponerse una peluca rizada, coger un balón y vestirse de futbolista.
La cuesta se me estaba haciendo cada vez más empinada, sobre todo cuando me pasaron por la derecha un par de enfermeras sexys, con fonendoscopio incluido, que iban enseñando todo y un poco más. Claro que con aquella escasez de ropa, cualquiera podría subir a buen ritmo.

De pronto, divisé delante de mí una enorme langosta de color naranja que subía con dificultad. Tengo que decir que aquella visión me produjo una inyección de adrenalina que me impulsó a acelerar mis pasos. El futbolista y las dos enfermeras habían desaparecido de mi vista, como era natural, y alcanzar aquella langosta se convirtió desde ese momento en mi primer y único objetivo. Comencé a acelerar torpemente mis pasos y comprobé que poco a poco le estaba recortando distancia al crustáceo. Sin duda, tenía mayores dificultades que yo para caminar. No en vano llevaba todo el cuerpo forrado de gomaespuma naranja, pero es que además se había colocado una cola de gran tamaño, imposible de manejar si no se pertenece al género de los crustáceos. Además su cabeza, que era tan grande como la mitad de su cuerpo, incorporaba unas antenas de plástico enormes.

Por fin alcancé al pedazo de langosta familiar, y poniéndome a su altura, dije:
– ¿Cuesta, eh? Cómo se nota que está empinada. Y además con estos disfraces no hay quien ande.

No hubo respuesta alguna. La langosta seguía su camino, cabeceando y moviendo los brazos acompasadamente, con un ritmo cansino, propio de quien está sufriendo. Sólo se oía su respiración entrecortada y algún que otro jadeo seguido de un leve silbido de ahogo que, la verdad, me hizo preocuparme por la salud de aquel individuo.
Continuamos caminando, y aunque con el ritmo que había cogido me hubiera sido fácil dejar atrás a la langosta, me salió la vena solidaria y decidí que termináramos juntos el camino, supongo que preocupado por si en algún momento tuviera que atender a una langosta infartada, dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos.
Al final de la Cuesta de la Ermita se divisaba la sala en la que se celebraba el carnaval. La entrada, iluminada como una feria de carricoches con luces de neón parpadeantes y farolillos de colores, era un hervidero de gente disfrazada de todo, que iba y venía como si tal cosa. El ambiente animaba a participar de la fiesta, con la música a todo meter, las copas volando de mano en mano y las risas al descubrir un nuevo disfraz nunca visto.

– Venga hombre, que ya no queda nada, -dije a la langosta, dándole un par de palmaditas en la espalda. La mano se me hundió en la gomaespuma. Sorprendido, repetí la acción y de nuevo hundí mi mano en la gomaespuma sin encontrar debajo ninguna estructura dura o rígida.

-Eh, oiga -grité, cogiéndole de uno de los brazos. Tampoco encontré resistencia en el interior del brazo. Apreté la gomaespuma con mi mano, aplastándola, y no encontré nada dentro. Completamente aturdido, aceleré un poco el paso para ponerme delante del crustáceo, a fin de comprobar qué era lo que estaba pasando. Con gran dificultad, no sólo debido al disfraz, sino también a los trescientos metros de subida que llevábamos a cuestas, conseguí ponerme delante de la langosta, que seguía caminando a su ritmo y resoplando como si se le fuera la vida en cada uno de los jadeos. Me planté delante de aquel bicho y poniendo mi mano en su hombro le hice detener su camino. Al mirarlo a la cara comprobé que no había nada. Solo un hueco oscuro, con dos ojos negros de cartón piedra a los lados y una boca sonriente dibujada en la gomaespuma naranja. Sobre el pecho un cartel:  

“DISFRAZ DE CAPARAZÓN DE LANGOSTA”

Un poco aturdido, me giré y continuamos caminando despacio hacia la fiesta. -Espero que Maradona y las enfermeras no hayan acabado con todo el alcohol- susurré en voz baja, apartando de mi cara una de las enormes antenas de plástico del caparazón de langosta.

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