MAMIFEROS EN CARNAVAL
“Mamíferos en Carnaval”
Hace poco, poco tiempo, alguien me narró una historia que ocurrió hace muchos, muchos años. Me dijo que era un secreto que podía compartir… Por eso y por si acaso, lo cuento en voz muy bajita.
Y es que al principio del todo, apenas concluido su proceso de Creación, la Madre Naturaleza se sintió triste, al ver que ningún animal se había acercado a agradecerle aquella labor. Asumía que los Reptiles, las Aves, los Peces y los Anfibios no lo hicieran pues los ideó sin grandes alardes. Sin embargo le entristecía enormemente constatar que los Mamíferos, a quienes diseñara con tanto esmero, no hubiesen mostrado el menor ápice de gratitud.
De manera que, tan enojada como dolida, empezó a tomar represalias contra ellos. A la Jirafa le borró las cuerdas vocales, siendo desde entonces el único mamífero mudo, incapaz de generar ningún sonido… Al Elefante le pintó de sobrepeso para que fuese el único que no pudiera saltar… Al Cerdo le impidió físicamente que mirase al cielo… A las Ovejas que supieran beber agua en movimiento… Y así, uno a uno… Hasta que el Hombre se dio cuenta de ello.
En efecto, aquellos primeros humanos reconocieron que habían sido injustos con esa Naturaleza que les había creado. Ni siquiera le dieron las gracias. Por ello, y a fin de liberarla de tal enfado, decidieron organizar una fiesta en su honor. Le llamarían Carnaval – del primitivo carnem-levare, “abandonar la carne” – pues mientras durase nadie comería a nadie. Y en ella, con el propósito también de salvarlos, irían disfrazados de los demás animales.
De modo que vistieron con pieles, tatuaron su dermis y conmemoraron el primer festejo registrado en la memoria de nuestra Historia.
Narran las crónicas del momento que aquella celebración resultó un auténtico éxito. Cierta mujer pintó su dorso a rayas pareciéndose a una Cebra… Algún hombre desaliñó su melena recordando al rey León… Aquel chaval saltimbanqui se hizo pasar por un Mono… Y esa niña tan risueña, simulaba ser Hiena con gran perfección.
La Madre Naturaleza quedó encantada por ello, si bien no tardaría en descubrir que en esa fiesta solo había participado la especie humana. En un primer momento se sintió molesta y engañada, decidiendo tras otro arrebato que a partir de aquel instante sería la única especie que pariría con dolor.
Sin embargo no tardó en reconocer la generosidad de su gesto, concediéndole por ello tres dones bajo una condición.
El primer don consistió en que, desde ese día, los Hombres y Mujeres serían las únicas criaturas de este mundo que – a fin de compensar su descanso – podrían dormir de espaldas... El segundo que, desde ese día, serían los únicos mamíferos que podrían tomar leche después desde aquel día serían los únicos en los que en dicho proceso de lactancia la madre podría mirar a los ojos de ese bebé al que está amamantando, construyendo el vínculo más extraordinario que existe para la vida: el vínculo Madre-Hijo.