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ROJO Y GRIS

PREMIO  “LA COLODRA”: ROJO Y GRIS

Autora: Sol García de Herreros.

Lo había oído contar muchas veces a la gente mayor,  a sus padres, a la tía Brígida y a otros conocidos de su generación. “Entonces sí que estaban bien los bailes del casino”,  decían cada febrero recordando los carnavales de los años cincuenta, y comentaban entre ellos anécdotas y disfraces de aquellos tiempos, cuando se empezó a relajar la prohibición  y a permitir las fiestas en círculos privados. Decían que al llegar carnaval la somnolienta ciudad parecía despertar de su eterno letargo, y que lo más selecto de la provincia preparaba su disfraz durante semanas. Contaban mil historias, pero al final siempre acababan hablando de ella.

La dama de rojo aparecía cada carnaval en el casino ya empezado el baile. Año tras año lucía el mismo escotado vestido de época que resaltaba un cuerpo espectacular, largos rizos negros y un elegante antifaz venciano que solo dejaba ver unos labios perfectos. Llegaba sola y bailaba con todos. Tenía un acento indefinido y una risa cantarina, y bromeaba y hablaba con naturalidad de cualquier tema en los corrillos de hombres que se formaban a su alrededor. Las jóvenes casaderas y las señoras la admiraban, la envidiaban y criticaban su frivolidad, aunque nunca se supo que llegara a tener nada con nadie.

Al llegar a este punto del relato, las mujeres siempre intentaban recordar algún conocido que decía haberse ido con ella y los hombres se reían. “Qué más quisiera ese”, murmuraban, como si hablaran de algo imposible, de una mujer alegre y bella pero inaccesible y enigmática. Decían que nadie supo nunca quién era ni de dónde venía.      

Aquello se repitió varios años y los bailes del casino dieron tanto que hablar que finalmente un nuevo gobernador, de carácter más taciturno, volvió a prohibir la fiesta. Fue poco tiempo, tal vez cuatro o cinco febreros sin baile, pero luego ya nada fue lo mismo. La dama de rojo no acudió, los hombres perdieron el interés por la fiesta y hasta las señoras echaron de menos a aquella mujer misteriosa.

Lo había oído contar muchas veces y lo había recordado al llegar a la ciudad. Volvía para vender la antigua casa de la familia, tras el fallecimiento de la tía Brígida con más de noventa años. Pobre tía Brígida, había pensado cuando se enteró de su muerte, qué vida tan triste, la mitad de ella de luto o cuidando a unos y a otros, relegada ya a los veintitantos al papel de tía solterona. Desde que tenía uso de razón la recordaba en un segundo plano, con sus ropas austeras y su pelo gris, siempre comedida y discreta. Pobre tía Brígida, había vuelto a pensar al subir a la buhardilla y abrir el arcón del ajuar e imaginar  todas las tardes que había pasado cosiendo tras el ventanal, esperando, viendo correr el reloj en su contra en aquella capital de provincias tan severa y aquel tiempo tan injusto con las mujeres. Sin sentirse nunca admirada ni deseada, viviendo una existencia desprovista de pasión y de secretos…

Y entonces los vio. En aquel baúl que guardaba el futuro sin estrenar, al fondo, debajo de los camisones blancos de seda y las sábanas de hilo primorosamente bordadas. Allí estaban, un espectacular vestido rojo de época y una delicada máscara veneciana, brillando entre el ajuar como sangre en la nieva, como una noche de carnaval en una vida gris.